Retos de ser Esposa de un Plantador de Iglesia

Lectores, no puedo esperar a compartirles lo que el Señor me ha estado enseñando durante nuestro sabático este verano. Con todo lo que ha ocurrido en nuestra ciudad (Charlottestville, Virginia) etas pasadas semanas, sin embargo, no he podido sentarme y expresar todo de forma escrita. (Por favor continúen orando por nosotros, ya que aún hay muchas cosas sucediendo en nuestra comunidad a nivel general.) Pero le puedo decir una cosa de la que estoy segura después de este verano: Dios confirmó en mi corazón una y otra vez cuanto amo alentar a las esposas de pastores en especial a las esposas de plantadores de iglesia. Por lo que hoy le escribo a ustedes mis queridas compañeras, esposas de plantadores de iglesias. Espero les sea de aliento.

En el 2008, mi esposo y yo nos preparamos para mudar nuestra pequeña familia lejos de la cultura que siempre conocimos, con una misión delante de nosotros: esperamos plantar una iglesia donde el evangelio sea predicado, conocido y vivido. Empacamos nuestros años de ministerio y nuestra experiencia de vida junto a la vajilla y la cuna en el camión de mudanza; pero no sabíamos entonces lo mucho que aún no sabíamos.

Todos nos celebraron y nos dijeron lo orgullosos que estaban de que estuviéramos siguiendo el llamado de Dios; pero algunos también nos advirtieron de los obstáculos y las dificultades que estaban por llegar. Tratamos de imaginarnos los retos que estábamos por enfrentar; pero estábamos tan llenos de fervor y energía; que imaginaba al encontrarnos con esas dificultades las podríamos controlar.

Luego nos encontramos con la realidad de la plantación de Iglesias. En nuestra nueva cultura, tan extraña para nosotros, a nadie le importó mucho que llegáramos a salvar el mundo: los vecinos fueron indiferentes, los compañeros en la labor dijeron que no éramos necesarios, experimentamos el tener que estar vigilantes e incluso la oposición de otros a nuestro alrededor.  Fuimos una novedad, pues aparecimos como de la nada, sin tener una conexión previa con nuestra nueva ciudad; pero pocos estaban intrigados por la idea de una nueva iglesia o por este Jesús que estábamos compartiendo. En otras palabras, me tomo muy poco de mi preciado tiempo para descubrir los obstáculos y retos para los cuales algunos habían tratado de prepararnos; mi valentía y confianza se disiparon y se convirtieron en incertidumbre y dudas.

El Reto de la Pérdida

Hay un precio por seguir a Jesús. Sabemos que la Escritura nos habla de esta verdad, sabemos que se nos manda a considera este precio antes de seguirlo, y muchos de nosotros que hemos dejado “casa, hermanos, padre, madre, hijos o tierras” ciertamente hemos pesado ese precio antes de dejar un lugar por seguir a Cristo. Sin embargo, no podemos saber las consecuencias diarias de ese ‘dejar’ hasta que en hecho nos hemos ido. El precio se pesa antes, pero el precio se experimenta en medio del trabajo, por lo tanto, experimentar el precio nos lleva a mucho a la aflicción. Podemos afligirnos por la cultura o las relaciones que están cambiando. Podemos afligirnos por el estilo de vida que siempre imaginamos para nosotros o para nuestros niños. Podemos afligirnos por lo diferente que se ve el ministerio en nuestro nuevo contexto comparado con nuestro contexto anterior.

Todas estas son perdidas legítimas, porque en ellas hemos perdido en un sentido nuestro hogar. Afligirse por el precio no es erróneo, pero amargarnos en nuestra aflicción nos puede desviar a caminos de perdición. Debemos traer nuestra aflicción a Dios, la fuente de nuestro consuelo (2 Corintios 1:3), y debemos permitir que nuestra confusión y deseos no cumplidos nos dirijan a nuestro verdadero hogar. Así fue como Abraham y Sara caminaron por fe para cumplir el llamado de Dios; ellos “confesando que eran extranjeros y peregrinos (expatriados) sobre la tierra. Porque los que dicen tales cosas, claramente dan a entender que buscan una patria propia. Y si en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, habrían tenido oportunidad de volver. Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo cual, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad.” (Hebreos 11:13-16)

El Reto de Lo que No se ve

El gran “ir” – cuando somos comisionados o cuando hacemos un compromiso de seguir a Dios- es emocionante, celebrado y lleno de adrenalina. Los pequeños “ir” -batallar con el idioma (para aquellos en otro país), descifrar el sistema de transportación, como comprar alimentos en una ciudad grande- son pocas veces celebrados y raramente emocionantes; y es en esos mismos momentos en que estamos listos para la frustración y los sentimientos de que hemos sido olvidados. El gran “ir” está lleno de miles pequeños “ir”, y la mayoría de ellos esta escondidos, no visibles a los ojos humanos y definitivamente no es lo que escribimos a nuestros colaboradores en los reportes.

Sin embargo, es precisamente cuando los enfrentamos que descubrimos a quien realmente servimos y por qué; es ahí cuando consideramos si el evangelio es suficiente para sostennos en nuestro lugar y suficiente para movernos a servir. En otras palabras, hay un regalo en el no ser visto, y probablemente olvidado por aquellos que dejamos en casa: descubrimos que lo que realmente necesitamos es algo que ya tenemos. Tenemos a Dios que lo ve todo y se deleita en nuestra fidelidad. Como dijo Pablo, somos “conocidos por Dios” y esta Verdad nos puede sostener en medio del trabajo que no se ve y en los pequeños “ir”.

El reto del persistente desánimo

Los pequeños “ir” pueden ser frustrantes y agotadores porque no siempre vemos resultados directos de nuestros esfuerzos. Nos preguntamos si Dios nos llamó a un lugar solo para enflaquecer y no dar frutos. El desánimo parece siempre estar presente. Ciertamente ha sido una plaga para mí, aún cuando hemos visto frutos de las semillas que hemos sembrado en la plantación de iglesia. Tiendo a mirar lo que está roto en lugar de lo que Dios ha redimido, incluyendo mi propio corazón. También tiendo a buscar en mi misma el antídoto a mi desanimo; o creer que soy lo suficientemente capaz de hacer crecer los frutos espirituales.

Al enfrentar el desánimo, cuando nos miramos a nosotras mismas, solo vemos impotencia y debilidad, y la única respuesta es retroceder al ver nuestras faltas. Debemos mirar Cristo, el todo-suficiente y al Espíritu Santo como nuestra ayuda siempre presente. Nuestra pobreza espiritual nos enseña a depender en el único que nos puede hacer crecer y esperar en que Él dará el crecimiento en Su tiempo. Cuando lo buscamos a Él en vez de contar nuestros descontentos y preocupaciones, podemos entonces celebrar las muestras de su fidelidad que hemos visto a lo largo del camino, no importa cuán pequeñas, y ver por fe como Él seguirá siendo fiel en el futuro.

Esposa de plantador de Iglesias, cualquiera sea el reto que enfrentas hoy, permite que tus aflicciones y descontentos con este mundo volteen tu rostro a Aquel que ve, a Aquel que prometió que cosecharías de lo que has sembrado si no te das por vencida (Gálatas 6:9), a Aquel que está preparando tu verdadero hogar. Voltea tu rostro a Aquel que es digno de todo el precio que tengas que pagar. Él se deleita en tu fidelidad.


christine hooverPublicado originalmente en Grace Covers Me. Traducido con autorización de la autora.

Por Christine Hoover, esposa de Kyle, quien es pastor de la iglesia que plantaron en Charlottesville, Virgina en 2008. Juntos tienen tres niños. Cuando no está atrapando a sus hijos o sirviendo junto a su esposo en el ministerio, Christine se dedica a escribir y ofrecer conferencias. Puedes visitar su blog o buscar sus libros.

 

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