Devocional

¿Sacudidas por las olas o ancladas en la roca?

olas del mar con el título sacudidas por las olas

¿Alguna vez te has dejado llevar por las olas para darte cuenta de que ya estás muy lejos del lugar donde comenzaste? En nuestra vida emocional y espiritual también debemos cuidarnos de no ser sacudidas por las olas, y mantenernos ancladas en la roca.

Sacudidas por las olas

Las olas se pueden comenzar a levantar por múltiples razones y es inevitable sentir sus embates. Pero, ¿qué hacemos mientras somos sacudidas por las olas? Reaccionamos de forma pasiva y nos dejamos llevar o echamos nuestra ancla para mantenernos firmes.

Pablo utiliza la frase “sacudidos por las olas” en su carta a los Efesios mientras los llama a tener cuidado de lo que creen, a mantener la unidad en la fe. Les dice que al ser maduros, no se dejaran llevar por las olas, sino que se afirmaran en la verdad.

Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error. Efesios 4:14

La referencia de Pablo es en cuanto a un ataque directo sobre nuestras creencias; y si cedemos a esas olas, caeremos en el engaño. También hay olas que se levantan a atacar nuestras emociones y pensamientos; estas son un ataque indirecto a nuestra fe.

Te ha pasado, que te levantas un día y sin razón aparente comienzas a darle más cabeza a pensamientos como:

  • No tengo lo suficiente.
  • Todo me está saliendo mal.
  • Me siento sola o no tengo a nadie.
  • Mis esfuerzos son en vano.
  • Mis hijos son muy difíciles.
  • No hay esperanza.
  • ¿Para qué me preocupo en hacer esto o aquello?

Estos son nada más algunos ejemplos, pero seguramente puedes identificar tus propias olas que se levantan a sacudirte. Las olas en nuestra mente están llenas de autocompasión, miseria y desesperación.

Mientras les prestamos atención se acrecientan y nos van debilitando cada minuto más y más. Si nos quedamos ahí quitas, al sacar nuestra cabeza de ese embate de las olas nos daremos cuenta de que estamos muy lejos de donde deberíamos estar.

Ya sean olas que ataquen tu fe o tus emociones, la respuesta es la misma, necesitamos una estabilidad que no dependa de nosotras.

Ancladas en la Roca

Mientras olas como estas comienzan a sacudirnos, debemos recurrir a echar nuestra ancla en nuestra roca, el Señor. Cuando estos pensamientos empiezan a abordar mi mente, tengo que recordarme que necesito anclarme. Poner el ancla en nuestra roca, no desaparecerá el movimiento de las olas, pero no seremos movidas.

El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; 
Mi Dios, mi roca en quien me refugio; 
Mi escudo y el poder de mi salvación, 
mi altura inexpugnable. 
Salmo 18:2

Decir esto es fácil, pero ¿cómo lo hacemos? Comienzo por escuchar alabanzas que llenen mi mente de la Palabra de Verdad. Mientras escucho las canciones, procuro recordar los versículos bíblicos que dan fundamento a los versos. En un momento de gran necesidad, meditar en los salmos me ayudo a despertar a la realidad de quien es Dios.

Al hacer esto, nuestra mente deja de divagar en pensamientos vanos y comienza a dirigirse a la naturaleza del Señor y a su Palabra. Luego comienzo a orar, basada en los pensamientos que han estado surgiendo y en la Palabra que he recordado.

Orar, recordar la Palabra y adorar al Señor por quien es Él, nos lleva sostiene en medio de los pensamientos difíciles que nos debilitan. Nos recuerda que somos libres, que tenemos un refugio y una fortaleza incomparable.

Anclarnos en la roca, no desaparecerá las olas, ni eliminará por completo sus efectos; pero ciertamente nos ayudará a enfrentar lo que está ocurriendo en nuestra mente. Nos mantendrá a salvo aún mientras nos sacuden las olas.

No lo tienes que hacer sola

Si has estado batallando con olas como estás por mucho tiempo, y lo que acabo de describir parece ser imposible. No tienes que hacerlo sola, busca ayuda de un profesional o una hermana madura en la fe; que te ayude a navegar tus olas y que te ayuden a echar tu ancla.

Buscar ayuda no hace menos tu fe, ni te hace más débil; por el contrario, muestra tu anhelo por refugiarte y esconderte en el Señor.

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