Detente a escuchar
Hay temporadas en la vida que están llenas de mucho ruido, pero es en esos momentos donde nos debemos detener a escuchar.
Cuando la temporada del frío llega, muchos nos enfermamos y tenemos tos por el cambio del clima. Un ruido muy común durante ese tiempo, pero para mi hijo —que tiene autismo— esos sonidos se convirtieron en un desafío.
En medio de una reunión de la Iglesia, comencé a ver su incomodidad, cómo intentaba procesar y manejar las sensaciones y los ruidos que lo sobrecargaban. Aunque quería intervenir para ayudarle, le di su espacio.
Entonces, sin decir una palabra, se acercó a mí y se recostó sobre mi pecho. Como suele hacer, también se cubrió el otro oído con su mano, buscando aislar el ruido.
Pero más que aislar o apagar el ruido que le molestaba, comprendí lo que buscaba: un sonido familiar, constante y seguro. Quería escuchar el ritmo de mi corazón.
Corrió a un lugar seguro donde podía escuchar más fuerte un sonido que en muchas otras ocasiones le ha traído paz.
Mientras lo abrazaba, no pude evitar pensar: ¿qué hago yo cuando el ruido del mundo me abruma?
Cuando las voces externas (las críticas, las comparaciones, las preocupaciones, las noticias) se mezclan con las internas (la ansiedad, el temor, el cansancio), ¿qué hago?
¿Corro al Padre para escuchar Su corazón o sigo prestando atención al ruido que me desestabiliza?

Detente a escuchar
El Señor, en Su ternura, nos invita a hacer lo mismo que mi hijo hizo conmigo: acercarnos y escuchar. En medio del caos, Su Palabra late firme, recordándonos quién es Él y quiénes somos nosotras.
Acercarnos a escuchar la Palabra de Dios nos recuerda cuál es nuestro lugar seguro en el cual recibiremos paz, aun en medio del ruido que nos rodea.
Escucharé lo que dirá Dios el Señor,
Porque hablará paz a Su pueblo, a Sus santos;
Pero que no vuelvan ellos a la insensatez.Salmo 85:8
Corre a Dios
Dios no es un Padre distante que observa desde lejos; es cercano, misericordioso y atento a su pueblo. Él no se molesta con nuestra sensibilidad ni con nuestras luchas.
Al contrario, Su “corazón” late con compasión hacia nosotras. Cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, Su voz no compite con el bullicio: nos llama al silencio para que podamos enfocarnos en Su verdad.
¿Por qué necesito escuchar?
Yo necesito ese espacio de quietud. A menudo intento soportar el ruido por mi cuenta: analizando, reaccionando o fingiendo calma. Pero el alma se regula no con estrategias humanas, sino al “ritmo del corazón” de Dios, Su Palabra.
Somos invitadas a escuchar Su Palabra por encima de todas las demás voces; a tapar, por así decirlo, el oído del alma que se distrae con el ruido, para oír claramente Su verdad.
Así como mi hijo pudo prevenir una crisis sensorial al enfocarse en escuchar su fuente de paz. Al permanecer en Cristo, nosotras encontramos lo que regula nuestra mente y nuestras emociones.
Cuando el ruido del mundo aumenta, corre a los brazos del Padre, donde Su amor constante nos recuerda:
La paz les dejo, Mi paz les doy ; no se la doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tenga miedo.
Juan 14:27
El ruido del mundo no cesará, pero la invitación permanece: acércate al Padre a escuchar Su corazón. En Su presencia hay descanso, claridad y renovación.
Es mi oración que, como una hija amada, encuentres en el sonido de Su Palabra la paz que ninguna otra voz puede dar.

