¿Dónde está mi casa?
La Palabra de Dios tiene mucha belleza, pero una de ellas es cuando cobra vida ante nuestras dudas, en esta temporada de cambios me preguntaba: ¿dónde está mi casa?
Cuando recién nos casamos vivimos en un apartamento. Durante esos dos años sabíamos que estábamos prontos a encontrar nuestro hogar en otro lugar. Y así fue, conseguimos una casa a la cual con mucha emoción bautizamos como “Casita.”
Durante cinco años, “casita” tomó forma y se transformó hasta parecerse a nosotros; disfrutamos verla llenarse de risas y llantos con la llegada de nuestros hijos.
Vimos cuartos pasar de cuarto para visitas a oficina, de oficina a cuarto de bebé y de cuarto de bebé a un permanente desorden preescolar.
Más, sin esperarlo, llegó el día en que ya no vivíamos en “casita”, regresamos a vivir a un apartamento. Pero lo que no quería admitir era la distancia y frialdad con la que nombraba el lugar; no era nuestra “casita”.
Ya estaba todo en su lugar, teníamos más de lo que necesitábamos, podía ya caminar en la oscuridad; ¡conocía el lugar! Sin embargo, le seguía llamando “el apartamento”.
Un día, meses después de llegar a Colorado, luego de hacer algunas diligencias, mi hijo me preguntó:
- “¿Y ahora dónde vamos?”
- Le contesté, “¿Qué tú crees?”
- Con certeza contestó, “Para casita”
- Le dije, “¿A Puerto Rico?»
- “¡No!” “No, para el apartamento” – contestó decidido.
Mi hijo ya lo había entendido, su hogar no era un sitio específico, era allí donde pasa tiempo con su papá y mamá; dónde juega con su hermano hasta más no poder.
Por otro lado, yo no quería ceder a llamar “casita” a este lugar al que recién acababa de llegar. Al comenzar a examinar mi corazón, lo encontré desenfocado, buscando un lugar en esta tierra que pudiera llamar mío, un lugar que me diera seguridad.
¿Dónde está mi casa?
Entonces comencé a reflexionar, ¿dónde está mi casa? ¿En Puerto Rico, en una nueva comunidad en Colorado Springs, en otro país?
Y en ese momento, se hizo viva la escritura en Hebreos 11: 13-16:
“Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad.”
¡Oh, qué gran verdad! Mi casa, mi hogar, no están en esta tierra, está donde está mi Padre; dónde podré compartir con mis hermanos por la eternidad.
Muchas veces lo cotidiano de la vida, los cambios y la incertidumbre nos hace olvidar que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra.

10 años después
Desde que originalmente escribí esta reflexión, han pasado 10 años y dos casas. He aprendido aún más esta verdad, he aprendido a vivir con las manos abiertas, con contentamiento y anhelando la eternidad.
La respuesta a la pregunta: ¿dónde está mi casa?, es mucho más clara en medio de la incertidumbre. Mi casa no está en este espacio que llamamos planeta tierra.
No se turbe su corazón; crean en Dios, crean también en Mí. En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también. Juan 14:1-3
Señor, aumenta nuestra Fe para vivir como peregrinos, poniendo nuestra seguridad en la esperanza de nuestra patria celestial. Anhelando tu regreso y que finalmente estemos en casa.



Excelente escrito amada hermana, que Dios les siga bendiciendo