Disfrutando de la hospitalidad

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Estando en los primeros meses de conocer una comunidad y darnos a conocer, cada semana la frase “Amor, invité a una familia a cenar”  se hacía cada vez más frecuente. Claro, era algo de esperarse, pero esto no quitaba la ansiedad que producía en mí. Preparar la comida, limpiar la casa, controlar el flujo de juguetes, preparar la mesa y la parte más difícil, prepararme para buenas conversaciónes. Definitivamente no estaba lista para recibir personas en mi casa con tanta frecuencia, sabía que me sentiría extenuada y sin fuerzas para limpiar y recoger cuando la fiesta se acabara. En ocasiones las conversaciones no eran muy buenas y solo pensaba en lo cansada que estaría al terminar de compartir.

Aun así mi corazón muy en lo profundo se agradaba de tener la oportunidad de compartir nuestro tiempo con otros. Y también sabía que la hospitalidad es era algo que la Biblia enfatizaba. Deseaba ser hospitalaria, pero sobre todo quería disfrutarlo, por lo que comencé a reflexionar seriamente sobre la hospitalidad. En medio de mi lectura de Housewife Theologian encontré el tema y pude completar la siguiente reflexión. Les comparto los puntos que cambiaron mi imagen acerca de la hospitalidad:

Es un mandato bíblico. “Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.” (Hebreos 13:1-2) Este es un versículo bastante conocido y nos lleva a recordar la experiencia de Abraham al hospedar a los tres varones en Génesis 18:3-5. Podríamos cuestionar la posibilidad de que nosotros mismos hayamos hospedado ángeles, sin embargo el mismo Jesús al enseñar sobre el juicio a las naciones en Mateo 25:31-40, llama nuestra atención al servicio y a la hospitalidad que le ofrecemos a los demás. No es que estas acciones nos salven, sino que demuestran nuestra gratitud y el carácter de Cristo que el Espíritu ha ido formando en nosotros.

No es sólo una industria, es una vocación familiar. Me siento tan bien cuando puedo pasar aunque sea una noche en un hotel, sábanas limpias, almohadas mullidas y sin preocupaciones de limpiar. Sentarme a una mesa, recibir un delicioso plato de comida y disfrutarlo sin pensar en lavar los trastes. Todo esto es tan agradable, que dicha sensación debe estar presente en nuestros hogares cuando somos hospitalarios con otros, toda la familia debe comprometerse con ella. Así como nuestras abuelitas preparaban comida o una buena taza de café para todo el que llegará a la casa, esforcémonos para que nuestros hogares sean tan agradables como un hotel cinco estrellas, el mejor restaurante o la casa de nuestra abuela.

Es una manera de demostrar nuestro agradecimiento a Dios por sus bendiciones. Compartir lo poco o lo mucho que tengamos con otros es muestra de nuestro agradecimiento. Hemos logrado hacer de, una comida para nuestra familia de cuatro, un banquete para ocho. Cuando abrimos nuestra casa no debemos dar de lo que nos sobra o de lo que tenemos en abundancia, es compartir la bendición que hemos recibido, sin importar si la vajilla es de cerámica o de plástico. O a nivel espiritual, al compartir una buena conversación, un consejo o un texto bíblico, dar de lo que hemos recibido es crucial.

Mi familia debe ser la primera que reciba mi hospitalidad. A veces nos preocupamos tanto por impresionar a las personas que nos visitan que nos olvidamos de lo agradable que debe ser nuestro hogar para nuestra familia. No podemos olvidar que la familia es el primer ministerio que Dios nos ha dado. Mi esposo, mis hijos y yo también, merecemos un almuerzo cinco estrellas, los platos favoritos para cenar y un postre especial. Detalles pequeños que alegren el corazón para que, aunque disfruten dormir en un hotel, sepan que no hay otro lugar como su hogar.

Es invitar a otros a nuestro hogar a compartir la cultura de nuestra familia al servirles. En el momento en que Peniel sabe que tendremos visita, él comienza a buscar los juguetes que va a mostrar y todo lo que desea que conozcan. No piensa si su cuarto esta ordenado, sino en mostrar aquello que valora. De igual forma, simplemente debemos compartir como funciona nuestro hogar. Lo hacemos al pedirle que pasen a la cocina y sirvan sus platos, al hablar de los cuadros que tenemos en las paredes y hasta al recordarles a los niños las reglas que por la emoción se les olvidan. Compartimos nuestra cotidianidad y nuestra cultura, con el fin de mostrar nuestras debilidades y confianza en Dios.

Es una bendición que debemos compartir con nuestros hijos al involucrarlos en los preparativos. De acuerdo a su edad, todos los niños pueden ayudar. Juntos hemos establecido las reglas, hemos hablado de la importancia de estar todos en la mesa y de disfrutar nuestros alimentos. Les establecemos responsabilidades a cada uno y les asignamos tareas que pueden realizar. Mientras las hacen aprenden a valorar el servir a los demás y a disfrutar de la compañía de quien nos visita.

No es un momento para demostrar que soy perfecta, pues no lo soy. Reconozco que esas primeras visitas eran extenuantes porque quería demostrar lo mejor de mí; buena cocinera, buena ama de casa, etc. Cuando en realidad faltaba lo más importante: la autenticidad. La verdadera razón de estas visitas no es impresionar, es conocernos y permitir que nuestra fe sea resaltada en todo lo que hacemos, aún en nuestras debilidades. Al dejar los esfuerzos extenuares de impresionar, comencé a disfrutar de mostrar que mi familia es una obra de Dios en proceso y que somos lo que somos por la gracia de Dios.

La base de la hospitalidad no es la comida, es la oración. Hemos aprendido a hacer una pausa para como familia orar por nuestros invitados y por el tiempo que estamos por compartir. También nos mantenemos contínuamente en oración, para que surjan oportunidades de ser hospitalarios y no pasar por alto las ocasiones cuando una familia necesita ser servida. El propósito no es simplemente compartir una cena, es ser intencional y suplir una necesidad, ya sea de relaciones, de refrigerio o de un tiempo de descanso. Además, es la oración la que nos mantiene enfocados en no aparentar, sino disfrutar la oportunidad.

Sí, la hospitalidad tiene límites. Abrir las puertas de nuestro hogar es una bendición, pero es necesario establecer límites saludables. Como mencioné anteriormente, nuestra familia es la prioridad, por esta razón establecimos un día en la semana en que preferimos tener invitados. Aun así somos flexibles para utilizar otro tiempo de ser necesario. En ocasiones hay que decir, No. Parte de la hospitalidad es la sinceridad y poder decir cuando alguien toca a la puerta: “Hoy tengo poco tiempo, pero cómo te puedo servir.”

Hoy puedo decir que disfruto abrir las puertas de mi casa much más que antes. Aún estoy aprendiendo y el Señor sigue trabajando en mi corazón. Me sigo esforzando por crear un ambiente agradable sin disfrazar mis debilidades ni agotar mis fuerzas. ¿Y a ti, cuán fácil o difícil te es practicar la hospitalidad? Si como yo, te es difícil, te invito a que te des otra oportunidad y comiences a disfrutar de este regalo que Dios nos da.

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